La transición a la mayoría de edad representa un desafío significativo para los y las jóvenes que residen en nuestros centros de protección. Este momento marca el final de la tutela institucional y el inicio de una vida autónoma, una etapa cargada de oportunidades, pero también de muchas incertidumbres. En este contexto, la preparación adecuada se convierte en un factor clave para garantizar que estén listos y listas para enfrentarse al mundo con herramientas, habilidades y redes de apoyo. Desde los centros se sigue un enfoque integral que combina la formación personal, laboral y emocional. Una vez que cumplen los 16 años, comienzan un nuevo proceso de aprendizaje en el que se incluyen, dentro de sus Proyectos Educativos Individualizados, objetivos dirigidos a la preparación para la vida independiente, participando, además, en programas con talleres de habilidades prácticas como la gestión económica, la búsqueda de empleo, el acceso a recursos sociales y la organización del hogar. Así mismo, se fomenta la continuidad educativa, motivándoles a finalizar la formación secundaria o profesional, un pilar fundamental para acceder a oportunidades laborales. La dimensión emocional también es prioritaria. Los y las menores reciben apoyo psicológico para gestionar el impacto de la separación del entorno protegido. El objetivo es fortalecer su autoestima y resiliencia, ayudándoles a construir una identidad sólida frente a las adversidades que se puedan encontrar a lo largo de su camino. Además, se trabaja en la creación de redes de apoyo externas, ya que la mayoría carecen de un entorno familiar sólido al que recurrir. En definitiva, este trabajo juega un papel crucial en su preparación para la mayoría de edad. No obstante, es imprescindible que sigamos reforzando los recursos y las políticas de apoyo post-emancipación para garantizar que los y las jóvenes puedan integrarse plenamente en la sociedad.
Luis Carlos Pérez.
Coordinador del área de Menores de Paz y Bien.

